Confieso que tengo problemas para poder escribir algo pausado y sereno sobre este personaje político, que representa todo lo malo que ha producido la España Autonómica. Un tipo que explota la televisión pública como si fuera propia, un señor que no da la cara, que responde a los periodistas críticos hablando del tiempo, un enajenado que considera que meterse con él es un asesinato.
La España de las Autonomías ha creado una serie de patologías, en él se centran todas. El localismo victimista, que imputa todo lo malo al enemigo exterior, representado en el pérfido Gobierno central o en otras Comunidades Autónomas, a las que se trata mejor que a la nuestra. Maravillosa coartada para nunca responder de nada: que el paro es del 22%, 4 puntos superior a la media nacional, la culpa de Zapatero, que no pongo dinero en la educación pública para gastármelo en Fórmula 1, la culpa de Zapatero, que no me da dinero, que me pillan favoreciendo que unos chorizos saqueen la Generalitat valenciana, la culpa de Zapatero, que va a por mí, es decir, a por todos los valencianos, porque nos odia.
La manipulación constante de los medios de comunicación locales, a los que se extorsiona, se compra, con el resultante de una sociedad narcotizada contra la corrupción, la falta de escrúpulos, la impunidad institucional (léase el episodio del senador socialista que llevan bloqueando 8 meses).
Es una política tan burda, tan intelectualmente insostenible, y digamos toda la verdad, tan eficaz en una sociedad dominada por el acomplejamiento y el silencio del disidente, que da miedo. A mí Camps me da miedo, como demócrata. No me da risa, como a otra gente de fuera de Valencia, que lo vive como el personaje principal de un sainete tronchante, con sus trajes, su “te quiero un huevo” y su “amiguito del alma”. A mí me asusta que alguien de su catadura esté gobernando mi tierra. Y que el tenebroso ejemplo de Fabra nos haga presumir que pueda seguir haciéndolo durante un tiempo.

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