Una de las frases más comentadas del constitucionalismo americano, uno de los pilares sobre los que descansa, fue redactada ya hace muchos años por un magistrado de su Tribunal Supremo (juez Holmes) en un caso donde se dilucidaba la vigencia o no de la libertad de expresión para proteger el derecho de una ciudadana a declararse en contra de luchar con las armas por la defensa del país. Para justificar que no era posible prohibir esas manifestaciones este magistrado afirmó que la esencia de la primera enmienda (freedom of speech) era la defensa de la posibilidad de que cualquier ciudadano pudiera expresar cualquier tipo de idea, sobre todo aquella que más despreciamos y odiamos, porque del debate libre de las ideas, sin restricciones, siempre saldrá victoriosa la mejor de todas.
Me viene a la cabeza esta anécdota tan propia de constitucionalistas cuando leo hoy en la prensa que el Reino Unido no ha permitido la entrada en su territorio de un diputado holandés de extrema derecha famoso por sus ideas no demasiado agradables sobre el Islam y los musulmanes. Este episodio es un caso especialmente llamativo de una línea legal y jurisprudencial instalada hace tiempo en nuestras democracias que limitan la tajante afirmación antes mencionada del famoso juez Holmes.
En realidad, hace tiempo que la libertad de expresión no campa a sus anchas en ningún país democrático, tampoco en España, sino que se ve limitada en el Código Penal cuando la opinión expresada suponga un ataque al honor de las personas (delito de injurias y calumnias), o enaltezca el terrorismo (delito de apología del terrorismo) o provoque discriminación, odio o violencia contra determinados colectivos por motivos racistas, xenófobos, homófobos, etc…
En este último caso, las consecuencias que un discurso discriminatorio lleno de odio pudiera tener en las vidas y las haciendas de determinadas personas se superponen a la libertad de expresión, e incluso a la libre circulación de personas en el seno de la UE, como le ha pasado a este diputado holandés en Gran Bretaña. La extrema derecha utiliza estos episodios para hacernos ver que no existe una verdadera democracia, porque no puede exponer sus ideas con libertad.
Creo, sinceramente, que estamos ante un asunto especialmente delicado, en el que nos jugamos mucho. Estoy a favor de prohibir el discurso del odio, porque ningún derecho es absoluto, y limitar la libertad de expresar el deseo de muerte y violencia contra los judíos o los musulmanes, o decir que los negros son una raza inferior a la que hay que expulsar del país, es algo razonable porque, en casos así, debe primar el derecho a no ser discriminado de estos colectivos, que también es un derecho reconocido en todas las Constituciones, sobre la libertad de expresión. La noche de los cristales rotos está todavía demasiado cercana como para no darnos cuenta de a dónde puede llevar ese discurso llevado a sus extremos.
Pero también creo que debemos ser muy cuidadosos, como demócratas, a la hora de limitar el discurso del odio que debemos prohibir. No podemos hacer pasar por discurso del odio cualquier opinión negativa sobre la inmigración, o sobre el islam, o sobre el pueblo judío, porque aunque la mayoría de nosotros despreciemos esas ideas por intolerantes y absurdas, son opiniones al fin y al cabo, y su prohibición disminuye, de alguna manera, nuestra propia esencia democrática. Y además, ¿alguien se hubiera enterado de que este tipo iba a dar una charla si no llega a ser por la prohibición de dejarle entrar en Gran Bretaña? Aparte de sus más encendidos correligionarios, seguramente nadie. Así que a veces prohibir no sólo limita la libertad de expresión sino también propaga con mucha más eficacia aquello que queremos silenciar. ¡Cuidado¡

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