Hace algunas semanas un jurado de Vigo absolvió a un ciudadano pese a que se probó que había matado de más de treinta puñaladas a dos homosexuales. El jurado entendió, contra toda evidencia, que había actuado bajo los efectos de un miedo insuperable a ser violado. Coincide este caso con el estreno de la película Havey Milk, donde se detalla la lucha de la minoría homosexual de California en los años setenta por evitar la aprobación de diversas leyes que suponían permitir una abierta discriminación contra este colectivo, que llegaban al punto de promover la expulsión de los profesores homosexuales del sistema público de educación.
Si lees esta noticia o ves esta película te das cuenta de que, en el siglo XXI, volvemos a vivir la misma historia tantas veces experimentada. Una minoría discriminada y estigmatizada se enfrenta a la mayoría para conseguir igualdad en derechos. La mayoría se resiste, pues se considera superior social y moralmente a los miembros de la minoría. Sólo después de una lucha persistente de años la minoría consigue la igualdad formal. La igualdad material tendrá que esperar décadas.
Este proceso, por el que ya pasaron los negros en Estados Unidos, las mujeres en España, los católicos en Irlanda del Norte, o las personas con discapacidad en cualquier país, se vuelve a repetir en el caso de las personas homosexuales. Cuantas veces hemos visto casos históricos, ambientados en el Sur de EEUU en los años cincuenta, de juicios contra un blanco por asesinar a un negro, que se resuelve con la absolución del asesino por un jurado de blancos. Cuantos años tuvieron que pasar para que la mujer tuviera derecho al voto.
En realidad, se trata otra vez de descubrir que la esencia de la democracia no es el gobierno de la mayoría, sino el respeto de las minorías. Una mayoría que aprueba leyes para discriminar a una minoría, que permite que se atropellen sus derechos más básicos, se acerca más a la Alemania de los años 30 que a una verdadera democracia. Sí, gobierno del pueblo, pero sobre todo el respeto al diferente y la garantía de que no se va a atropellar los derechos de nadie. Eso es la democracia. Y cuesta conseguirla. Desde aquí mi felicitación a los productores, directores y actores de Harvey Milk, y mi ánimo a la comunidad gay de California para que sigan en la lucha por el derecho al matrimonio, recientemente anulado por decisión de una ajustada mayoría; vaya también mi solidaridad para con los familiares de las víctimas de todo el mundo asesinadas por su condición sexual, en Irán, en Gambia, también en España. Cogéis el emocionante testigo de la lucha por la igualdad, que no es más que la lucha por hacernos más dignos a todos, como personas y como sociedad.

Suscríbete por email!



