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  • 16 Nov 2009

    Camps

    Confieso que tengo problemas para poder escribir algo pausado y sereno sobre este personaje político, que representa todo lo malo que ha producido la España Autonómica. Un tipo que explota la televisión pública como si fuera propia, un señor que no da la cara, que responde a los periodistas críticos hablando del tiempo, un enajenado que considera que meterse con él es un asesinato.

    La España de las Autonomías ha creado una serie de patologías, en él se centran todas. El localismo victimista, que imputa todo lo malo al enemigo exterior, representado en el pérfido Gobierno central o en otras Comunidades Autónomas, a las que se trata mejor que a la nuestra. Maravillosa coartada para nunca responder de nada: que el paro es del 22%, 4 puntos superior a la media nacional, la culpa de Zapatero, que no pongo dinero en la educación pública para gastármelo en Fórmula 1, la culpa de Zapatero, que no me da dinero, que me pillan favoreciendo que unos chorizos saqueen la Generalitat valenciana, la culpa de Zapatero, que va a por mí, es decir, a por todos los valencianos, porque nos odia.

    La manipulación constante de los medios de comunicación locales, a los que se extorsiona, se compra, con el resultante de una sociedad narcotizada contra la corrupción, la falta de escrúpulos, la impunidad institucional (léase el episodio del senador socialista que llevan bloqueando 8 meses).

    Es una política tan burda, tan intelectualmente insostenible, y digamos toda la verdad, tan eficaz en una sociedad dominada por el acomplejamiento y el silencio del disidente, que da miedo. A mí Camps me da miedo, como demócrata. No me da risa, como a otra gente de fuera de Valencia, que lo vive como el personaje principal de un sainete tronchante, con sus trajes, su “te quiero un huevo” y su “amiguito del alma”. A mí me asusta que alguien de su catadura esté gobernando mi tierra. Y que el tenebroso ejemplo de Fabra nos haga presumir que pueda seguir haciéndolo durante un tiempo.

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  • 29 Oct 2009

    Corrupción, ciudadanía y política

    Cuando el PSOE llegó al Gobierno en 2004, sabía que en España teníamos un problema de corrupción que no había aflorado porque nadie se había tomado en serio su investigación y persecución. Por eso se fortaleció la Fiscalía Anticorrupción. 5 años después, esta Fiscalía reforzada está sacando a la luz un gran número de escándalos, y los ciudadanos asisten atónitos a un espectáculo deprimente que va a hacer mucho daño a la política en España.

    Ante todo, deberíamos congratularnos de que en este país se persiga la corrupción. Pero inmediatamente debemos combatir todos unidos la sensación de que todos los políticos, con independencia de su filiación partidaria son igual de corruptos, y de que ahora hay más corrupción que nunca.

    Lo primero no es verdad. Aquí hay partidos que han vivido una trama corrupta a sus más altos niveles y otros que no.  Además, hay partidos que han reaccionado en todos los casos expulsando a los militantes imputados en estos casos y otro, el PP, que cuenta entre sus filas a dirigentes imputados en todo tipo de delitos sin que les suponga ello ningún problema -léase Fabra- y que reaccionan ante la corrupción intentando cuestionar la labor de la fiscalía, la policía y la judicatura cuando ésta persigue a sus correligionarios. Con todo, tampoco es justo decir que los políticos del PP son en su mayoría corruptos. Lo que me indigna es la reacción contra el denunciante, la desfachatez de Camps y su tropa, pasando del tema y tomando a todos los valencianos por estúpidos, pero puede que Camps, Costa y Rambla sean unos corruptos, pero ni por asomo se puede decir lo mismo de la inmensa mayoría de los representantes políticos de dicho partido.

    Lo segundo es más falso todavía. No es que ahora haya más corrupción, es que ahora se persigue mucho más, porque por primera vez un Gobierno está poniendo todos los medios para que este tipo de delitos se depuren.  Y eso hay que explicarlo, porque los demagogos van a venir en seguida a decirnos que pasemos de la política porque no es de fiar, cuando ha sido la política, la de este Gobierno, la que está posibilitando que todo esto salga a la luz, caiga quien caiga, los nuestros o los suyos.

    Debemos actuar rápidamente, porque cuando la ciudadanía pierde la confianza en la política la alternativa siempre es peor para la democracia.

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  • 23 Jun 2009

    La democracia de partidos y los “media”

    La democracia está basada en la lucha entre varios partidos políticos por conseguir el Gobierno, que no el poder, pues el poder en una sociedad capitalista se comparte con otras personas muy distintasde las que firman el BOE. Esta lucha redunda en un beneficio para la sociedad, pues el partido en la oposición siempre estará atento a sacar a relucir los defectos del partido en el Gobierno, obligando a este último a mejorar si no quiere perderlo, y a perderlo en favor de otro partido si hace las cosas mal.

    Todo este engranaje está basado, no obstante, en que el partido en la oposición tenga la suficiente capacidad como para llegar a colocar sus mensajes críticos en el conjunto de la ciudadanía, o el partido en el Gobierno sus acciones beneficiosas para la sociedad. Y ello, en una democracia mediática como la nuestra, no sólo depende de él sino de los medios de comunicación que ejercen de filtro entre los partidos y la ciudadanía. Si el conjunto de esos medios de comunicación hacen política en favor del partido en el Gobierno o en la oposición, difícilmente la democracia de partidos podrá alcanzar una suficiente calidad. De ahí que sea tan importante como el pluralismo político el pluralismo informativo, y de ahí que sea un asunto mayúsculo de calidad democrática las obscenas manipulaciones de las televisiones públicas, como Canal9, siendo una gran noticia para el conjunto de la democracia la desgubernamentalización del RTVE en la anterior legislatura.

    Pero tan importante como ello es el pluralismo informativo en los medios de comunicación privados. Es decir, que la información que se transmite al ciudadano sea plural, es decir, que los emisores de opinión y de información no trabajen para el partido en el Gobierno o en la oposición, sino para la ciudadanía, de manera lo más objetiva posible. Y eso es algo que se echa de menos en nuestra sociedad. En España, parece como si los medios hicieran política, no información, sobre todo los de la derecha. Me dio auténtica verguenza ajena a ABC presumir varios días después de las elecciones gallegas de haber sido decisivo en el triunfo del PP. Igual que son humillantes las advertencias de los tertulianos de la COPE a los líderes de este partido, como si fueran sus subordinados. Son periodistas que hacen política abiertamente (tipo Luis Herrero), y que reproducen los argumentarios de un partido político como si fuera información objetiva. Y compiten entre ellos a ver quién es más fiel al ideario conservador. O peor aún: son ellos los que marcan el argumentario del partido. En EEUU está pasando algo así. Son los comentaristas de FOX NEWS los que están liderando la oposición republicana a Obama.

    La democracia de partidos es una bendición, pero la democracia mediática…no lo veo tan claro. Porque al fin y al cabo, ¿quién ha elegido a esta gente para que monopolicen el debate político e ideológico? Desde luego, el pueblo no.

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  • 23 Mar 2009

    Nacionalismo hidráulico

    Los nacionalismos que pueblan España hace tiempo que pusieron en práctica una máxima, tan rentable electoralmente como perjudicial para la democracia, consistente en la identificación del pueblo, de la cultura, de la historia de una Comunidad Autónoma con la opción política que determinados partidos representan. Un ataque a CIU o PNV se convierte en un ataque a Catalunya o Euskadi. Los que no comulgan con el nacionalismo son identificados como menos catalanes o vascos que los que son nacionalistas.

    A mí no me gusta nada esto, pero menos me gusta que en otras Comunidades Autónomas, la derecha española, mientras ataca retóricamente estas prácticas, las aplique con gran intensidad. La identificación de Murcia o la Comunidad Valenciana con el PP es una táctica ideada con la misma técnica propia del nacionalismo. Sus ideas se hacen pasar por las ideas del pueblo valenciano o murciano, cualquier crítica como un ataque a la patria, si eres un verdadero valenciano debes amar a Rita, nuestra heroína, igual que debes ser del Valencia o tirar petardos. Todo este proceso manipulativo comenzó con la guerra del agua, por lo que se ha bautizado como nacionalismo hidráulico, pero a día de hoy se ha extendido a cualquier ámbito de la vida pública.

    Escribo esto a cuenta del episodio de pandereta que está protagonizando el Presidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps. Se trata de un vodevil de trajes y facturas, que acabaría si el Presidente presentara no ya las facturas de la compra, que puede haber perdido con el tiempo, pero al menos el extracto bancario del pago. Pero no, parece ser que llevaba mil euros encima cada vez que iba a la famosa tienda y pagaba en metálico: bueno, pues que presente el extracto del cajero al que fue a sacar el dinero. Pues no, no hace nada de esto. Ahora sí, sus problemas con la Justicia son un ataque a todos los valencianos. Ahora sí, él siente, ante este ataque, la amistad de todos los valencianos, de los 5 millones, ni uno menos. Ahora sí, un representante empresarial (Presidente de la Fira de Valencia) se muestra indignado y le comenta que se siente atacado como valenciano. Ahora sí, un torero (Enrique Ponce) dice que es un cachondeo que ni siquiera se investigue al muy honrado Presidente, que no hay más que ver lo bonita que tiene Valencia. En fin, se trata de un ataque a los valencianos urdido malévolamente por los enemigos de los valencianos, es decir, por los socialistas.

    Escribo esto porque habrá que ver si el Presidente Camps se pagó los trajes o se los pagó una presunta trama de corrupción que conseguía numerosos contratos de la Generalitat. Hay cintas grabadas, declaraciones de testigos que van en esa línea, él no aporta ni facturas ni extractos bancarios, pero no presumo nada. Lo único que trato es denunciar que el nacionalismo del PP en la Comunidad Valenciana ha llegado a afirmar que yo, como valenciano, soy amigo de Camps y me debo sentir atacado por la investigación judicial. Bueno, pues somos muchos, y debemos decirlo cada vez más alto, los que pensamos que nuestra tierra no es de nadie, sino de todos. No, no soy amigo de Camps ni de Fabra, ni me siento atacado por la Justicia: es la mejor manera que, a día de hoy, tengo de expresar mi valencianía. Sinceramente, no sé cómo hemos podido llegar a esto.

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  • 10 Mar 2009

    Inocente por matar homosexuales

    Hace algunas semanas un jurado de Vigo absolvió a un ciudadano pese a que se probó que había matado de más de treinta puñaladas a dos homosexuales. El jurado entendió, contra toda evidencia, que había actuado bajo los efectos de un miedo insuperable a ser violado. Coincide este caso con el estreno de la película Havey Milk, donde se detalla la lucha de la minoría homosexual de California en los años setenta por evitar la aprobación de diversas leyes que suponían permitir una abierta discriminación contra este colectivo, que llegaban al punto de promover la expulsión de los profesores homosexuales del sistema público de educación.

    Si lees esta noticia o ves esta película te das cuenta de que, en el siglo XXI, volvemos a vivir la misma historia tantas veces experimentada. Una minoría discriminada y estigmatizada se enfrenta a la mayoría para conseguir igualdad en derechos. La mayoría se resiste, pues se considera superior social y moralmente a los miembros de la minoría. Sólo después de una lucha persistente de años la minoría consigue la igualdad formal. La igualdad material tendrá que esperar décadas.

    Este proceso, por el que ya pasaron los negros en Estados Unidos, las mujeres en España, los católicos en Irlanda del Norte, o las personas con discapacidad en cualquier país, se vuelve a repetir en el caso de las personas homosexuales. Cuantas veces hemos visto casos históricos, ambientados en el Sur de EEUU en los años cincuenta, de juicios contra un blanco por asesinar a un negro, que se resuelve con la absolución del asesino por un jurado de blancos.  Cuantos años tuvieron que pasar para que la mujer tuviera derecho al voto.

    En realidad, se trata otra vez de descubrir que la esencia de la democracia no es el gobierno de la mayoría, sino el respeto de las minorías. Una mayoría que aprueba leyes para discriminar a una minoría, que permite que se atropellen sus derechos más básicos, se acerca más a la Alemania de los años 30 que a una verdadera democracia. Sí, gobierno del pueblo, pero sobre todo el respeto al diferente y la garantía de que no se va a atropellar los derechos de nadie. Eso es la democracia. Y cuesta conseguirla. Desde aquí mi felicitación a los productores, directores y actores de Harvey Milk, y mi ánimo a la comunidad gay de California para que sigan en la lucha por el derecho al matrimonio, recientemente anulado por decisión de una ajustada mayoría; vaya también mi solidaridad para con los familiares de las víctimas de todo el mundo asesinadas por su condición sexual, en Irán, en Gambia, también en España. Cogéis el emocionante testigo de la lucha por la igualdad, que no es más que la lucha por hacernos más dignos a todos, como personas y como sociedad.

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  • 26 Feb 2009

    Juro o prometo la Constitución

    Como todos ya sabemos, esta semana una inoportuna cacería sin licencia concluyó en el cese de un Ministro, lo que provocó que el martes por la mañana tomara posesión del cargo de Ministro de Justicia Francisco Caamaño, el hasta ahora Secretario de Estado de Asuntos Constitucionales y Parlamentarios.  Éste acudió a la Zarzuela a jurar o prometer la Constitución ante el Rey: cuando el Secretario de Estado de Asuntos Constitucionales en tránsito hacia Ministro de Justicia se acercaba a la Moncloa debió pensar para sí mismo de lo paradójico que resulta que él, Catedrático de Derecho Constitucional, se disponía a participar de un acto clarísimamente inconstitucional.

    Y no me refiero sólo a la presencia de un crucifijo en la ceremonia, lo que contradice clarísimamente el carácter aconfesional del Estado (art. 16.3 CE). Se trata de un asunto ya muy estudiado: si ninguna religión es estatal cómo se concibe que un símbolo de una religión determinada adquiera tal protagonismo. Me refiero esta vez a un aspecto mucho menos comentado: la propia fórmula que se utiliza para la jura o promesa de la Carta Magna: se pone la mano encima de la Constitución, y se dice: Juro/Prometo (a elección) guardar y hacer guardar la Constitución” 

    No todo el mundo lo sabe, pero el art. 16.2 CE señala que “nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias”. Cuando Fran Caamaño juró la Constitución el pasado martes, fue obligado, si quería acceder a la condición de Ministro, a trasladar a la opinión pública que tiene convicciones religiosas lo suficientemente profundas como para escoger el juramento -relacionado con la creencia en Dios- sobre la promesa -tradicionalmente identificada como la fórmula laica-. Quien piense a estas alturas que todo esto es irrelevante, le diré que ya he asistido a varias conversaciones esta semana donde se ha comentado desde un prisma político esta situación, poco común en dirigentes socialistas, igual que tuve que escuchar comentarios a la inversa cuando Soraya Saez de Santamaría prometió la Constitución para acceder a su acta de diputada, fórmula muy poco común, en este caso, entre las filas del PP, más nutridas de creyentes confesos.

    Por supuesto que Fran Caamaño es perfectamente libre de comentar sus inclinaciones religiosas, pero lo que no me parece constitucionalmente aceptable es que se vea obligado a ello si quiere alcanzar su cargo. Todo se solucionaría si la fórmula cambiara, de tal manera que se preguntara al cargo público si jura o promete la Constitución y éste sólo tuviera que decir: “Sí”. Y sólo si él quiere,  añadiera: “Sí, juro” o “sí, prometo”.  Nadie así se vería obligado a dar información innecesaria a los demás sobre sus convicciones. Si alguna vez tengo la oportunidad de volver a pasar por ese trance -como ya hice en 2004 cuando accedí a Jefe de Gabinete de Ministro- intentaré, en respeto de la Constitución, qeu se me aplique esa fómula. Lo juro (o lo prometo).

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  • 28 Ene 2009

    Tengo una pregunta para usted

    Los ves ahí, tan desubicados, tan expectantes, tan poco convencionales. Somos nosotros, la gente, preguntando al político. Lo primero que se nota es una gran diferencia entre los profesionales, entre los que están acostumbrados a salir en la tele, es decir, el presentador y el invitado, y los que no lo han hecho en su vida, esto es, todos los que preguntan. El programa es atractivo precisamente porque llama la atención ese contraste, porque descubrimos enseguida que los periodistas, los inquisidores profesionales de los políticos, no hacen preguntas tan interesantes, imprevisibles y directas como la gente.

    Viendo anteayer en TVE cómo el Presidente Zapatero volvía a demostrar que está muy por encima como político que lo que la mayoría de los medios de comunicación nos venden, se me vino una reflexión a la cabeza: ¿es éste el comienzo del fin del Parlamento como principal fuente de control al Gobierno? Ya sabíamos que el Parlamento ya no es lo que era: en realidad, hace tiempo que hemos llegado a la conclusión de que la principal finalidad de la función de control no es el control parlamentario en sí, sino el desgaste que el mismo supone para el Gobierno a través de la información sobre el mismo que transmiten los medios de comunicación. 

    Ahora surgen nuevas fórmulas que pueden debilitar esta función: para controlar al Presidente del Gobierno prescindimos, cada vez más, de los representantes. Tenemos la posibilidad técnica de que nosotros mismos, elegidos científicamente para representarnos, controlemos al Presidente. Nuestras preguntas son más interesantes, nuestro interlocutor se lo prepara mejor, la audiencia es mucho más alta. Y no sólo estoy hablando de este programa: Web 2.0; los chats políticos, los blogs de los Ministros, todo tiende a que el representado ejerza un control directo sobre el Gobierno.

    Todos estamos felices por ello: democracia en estado puro. Pero si un programa como “Tengo una pregunta para usted” se convierte en algo más seguido y, por tanto, más importante que el debate sobre el estado de la Nación, cuando menos debemos reconocer que es un paso más hacia la pérdida de relevancia del Parlamento. Y si son los representantes elegidos por una encuesta científica de población, y no los que nosotros elegimos, los que van a hacer las preguntas de control más importantes de todo el año, algo está pasando. ¿Es esto algo positivo o negativo? Todavía no lo sé. Pero desde luego es materia para reflexionar.

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