La relación entre la gente que trabajamos en la política y los periodistas es de amor-odio. Lamentablemente, hemos visto demasiadas veces cómo se ha manipulado nuestro mensaje, cuando no directamente se ha mentido sobre lo que hemos o dejado de hacer. El periodismo puede ser algo sucio. Pero yo no soy de los que piensa que la esencia del periodismo está podrida, creo que hay demasiadas prácticas poco éticas, pero el periodismo, como profesión, puede ser algo muy hermoso. Son los responsables de cómo vemos la realidad que nos rodea, y cuando esa trascendental función se ejerce desde la responsabilidad y la denuncia de la injusticia, el periodismo se convierte en motor de la sociedad hacia un futuro mejor.
Viene esto a cuento de que hace un par de días vi en Internet un extraordinario reportaje que emitió TVE (por cierto, qué bien se están haciendo las cosas en esa casa) hace un par de semanas. Se titula Destinos Clandestinos , y consiste en la historia de un periodista francés -Dominique Mollard- que se mete en un cayuco con 38 africanos y comparte con ellos su aventura.
Estamos ante un documento único, para el que os pido la máxima difusión, porque es imprescindible para afrontar este drama con una perspectiva más humana y solidaria. Cuando llega un cayuco a nuestras costas, vemos una serie de caras que no se parecen mucho a las nuestras, y eso impersonaliza la tragedia, la hace más llevadera. Este reportaje pone cara, historia, vida a algunos de los tripulantes del cayuco. Descubrimos sus razones para embarcarse, la valentía con la que afrontan la vida, las condiciones miserables que les empujan a jugársela. Sus reflexiones son muy parecidas a las que nosotros haríamos en su misma situación. Son personas heroicas, con las que inmediatamente simpatizas, y que además adoran España, la conocen y la admiran, y la máxima aspiración de su vida es convertirse en uno de nosotros.
La experiencia en el cayuco es espeluznante -se para el motor y están a punto de morir-, pero más lo es aún la parte del reportaje que cuenta sus vidas en tierra. África es un continente a la deriva, miserable, sin futuro. El cayuco es la única esperanza para demasiada gente. España es El Dorado. El efecto llamada queda muy bien reflejado en lo que comenta una madre con su bebé: “voy a España porque hay trabajo, porque hay asistentes sociales y porque tratan bien a los inmigrantes”. El efecto llamada responde a que somos un país que combina prosperidad económica con respeto de los derechos humanos de todas las personas. Como no podemos renunciar a nada de esto, mientras los africanos sigan viviendo en la condición miserable en la que están, mirarán hacia aquí. El efecto llamada no lo provoca ninguna regularización, ninguna reforma legal, lo provoca la diferencia de renta y de respeto a las libertades entre nosotros y sus países.
Por tanto, cuál es la única solución: nivelar la balanza. Lo dice este magnífico periodista en una entrevista posterior al reportaje. La cooperación con estos países es la única solución, porque no se puede poner puertas al campo. El periodista recuerda que Jesús Caldera emprendió esta labor, con la construcción de algunas escuelas taller en suelo africano, pero advierte de que no está seguro de que se esté continuando con la misma. No puede haber vuelta atrás. El Gobierno debe seguir practicando esta política; la crisis económica no puede significar el abandono de la cooperación; al revés, debe significar su intensificación, porque ahora la van a necesitar más que nunca. El aumento de porcentaje del PIB en cooperación en los PGE de 2009 va en esta dirección (una apuesta valiente y comprometida de Zapatero), la única posible si queremos, algún día, no tener que ver a la gente morir a las puertas de nuestro país.

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