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  • 22 Dic 2008

    La calidad democrática como oferta electoral

    Al hilo de la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado de este año se me ha venido a la cabeza que la última Ley de Acompañamiento fue del 2003, cuando gobernaba el PP. El Gobierno socialista acabó con la Ley de Acompañamiento, por ser una ley que se aprobaba sin el debate parlamentario y los trámites propios de cualquier otra ley, lo que, según todos los indicadores de calidad democrática, la convertía en una mala práctica. Un ejemplo muy gráfico es que ese año, en 2003, aprobamos la ley que transponía la Directiva contra la discriminación racial junto a un sinfín de disposiciones más, en una ley “cajón de sastre” que ni se debatía ni se sometía a los mismos controles parlamentarios que las demás leyes. Desde entonces esta práctica se ha desterrado, lo que obliga al Gobierno a tener que cubrir todos los trámites para aprobar una ley, sin poder recurrir en situación de emergencia a esta fórmula, que utilizó tanto Felipe como Aznar.

    Además de esto, el Gobierno socialista de ZP reformó la ley para que el Director General de RTVE fuera elegido por el Parlamento por una mayoría cualificada, de tal forma que necesitara los votos de la oposición para ser elegido. De esta forma, se acababa con décadas de sometimiento de la televisión pública al Gobierno de turno, que llegaron al paroxismo con los telediarios de Urdaci. También aprobó una ley para limitar la publicidad institucional, haciendo inviable aquella que supusiera propaganda de los logros del Gobierno. Limitó el número de preguntas al Gobierno del Grupo socialista y aumentó el que viene del resto de grupos. Por primera vez, el Presidente acude al Senado a someterse a control.

    Me viene todo esto a la cabeza siempre que veo Canal 9 o Telemadrid (y no lo digo sólo porque sean del PP, sino porque vivo en Madrid y soy de Valencia, así que son las televisiones públicas autonómicas que más frecuento). Lo que me viene a la cabeza al ver cómo se manipula groseramente la información, o cuando me cuentan que en las Cortes Valencianas pueden pasar meses sin pleno alguno de control al Gobierno, o cuando asisto a obscena propaganda gubernamental pagada por todos a favor de casi todos los Gobierno autonómicos (a los que no se les aplica la ley estatal), o cuando compruebo cómo un medio de comunicación se alía con el Gobierno autonómico o local después de una masiva inversión de dinero público en el mismo, es sin realmente profundizar en la calidad democrática es algo que la ciudadanía aprecia o más bien es, como opinan algunos compañeros de mi partido, una concesión necesaria en términos cívicos pero contraproducente en términos electorales.

    La pregunta realmente sería: ¿a la ciudadanía le importa la calidad de la democracia, que la información sea objetiva, que la oposición tenga resortes para controlar al Gobierno, que los derechos de las minorías se respeten, que el parlamentarismo funcione, que el dinero de todos no se gaste en propaganda, o en realidad todo esto le importa un pimiento? Tengo que confesar que no tengo una respuesta clara, pero lo que sí tengo claro es que  a mí como ciudadano esto me importa mucho, y tiendo a pensar que los votos que se ganan con estas artimañas se pierden con gente que, como yo, juzga a los partidos por su apego al juego limpio y a las instituciones democráticas. Prefiero pensar que vivo en un país de ciudadanos inteligentes, y si no es así, si realmente aprovechar estas ventajas es tan importante como Esperanza Aguirre o Camps piensan, prefiero trabajar porque ello cambie antes que utilizar sus mismas tretas si cambia la tortilla. Y que me llamen ingenuo, lo prefiero.

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  • 10 Dic 2008

    Si eres negra eres sospechosa, ¿y si eres árabe?

    Os voy a comentar una sentencia del Tribunal Constitucional. Vaya rollo, ¿verdad? Para la mayoría ahí afuera seguramente sí, pero si has entrado en esta página seguramente tendrás cierto interés en estos temas, por lo que aguanta un poco.

    Se trata de la STC 13/2001, y es conocida por convalidar la constitucionalidad de la utilización del criterio racial para la detección de inmigrantes ilegales por parte de la policía. Es decir, la Policía solicita la documentación a una española de raza negra, y sólo a ella, en una estación de ferrocarril, y lo hace expresamente por su raza, porque sospecha que siendo negra puede ser una inmigrante ilegal. Según el Tribunal Constitucional, esta práctica no va en contra del principio de no discriminación por razón de raza consagrado en la Constitución, porque es razonable que la Policía utilice el rasgo racial pues es un indicador razonable de la posibilidad de estar ante una persona extranjera.

    Os voy a ahorrar los comentarios jurídicos que haría a esta sentencia, primero porque ya se ha escrito mucho sobre ella y segundo por no aburrir. Y me voy a centrar en las consecuencias sociales y políticas de la misma. Para encuadrar el asunto, os recuerdo que hace unas semanas escribía sobre el racismo en Europa en contraposición con el racismo en Estados Unidos. Pues bien, en América está prohibido utilizar el rasgo racial para pedir la identificación de una persona. Otra cosa es que se haga, que no lo dudo, pero que ello sea una práctica legal y constitucional con todas las bendiciones, eso no pasa. Y, sin embargo, aquí sí. Y os diré más, en mi clase de Derecho Constitucional de la Universidad Carlos III sólo a uno de mis estudiantes le pareció mal. A este estudiante y a mí. Así que el Tribunal Constitucional conecta con lo que debe pensar la mayoría de los españoles.

    Y, sin embargo, yo debo ser un español muy raro, pero veo problemas por todas partes. Primero, no comparto que se generalice la práctica de pedir la documentación a los ciudadanos. La policía está para perseguir el delito, no para realizar peticiones indiscriminadas de documentación. Segundo, si la Policía se dedica a pedir la documentación buscando ilegales, ¿a quién la pide? A los blancos rubios de dos metros o a los negros. Pues a los negros. Y, sin embargo, tenemos muchos extranjeros en situación irregular en España que proceden de países del Este, pero a éstos no se les pide. Tengo una amiga de Estados Unidos, blanca ella, que me confesó que estuvo dos años ilegal en España, trabajando en negro. Nadie le pidió en la frontera ningún papel, ni qué decir en la calle. Realmente ¿a quién estamos persiguiendo, a los ilegales o a los ilegales de otra raza? Y luego está otra gravísima consecuencia de la legalización de esta práctica: cada día son más los españoles de otras razas. Así que según esta sentencia, es perfectamente posible que la Policía pueda solicitar la documentación a una española de raza negra, o latina, por el hecho de ser de otro color, sin más razones, una vez, y otra, y otra, porque sí. Y no son dos, o tres, son ya millones de españoles que pueden estar en esta situación.

    Pero la consecuencia más grave es la conexión entre una determinada raza y la posible infracción de la ley. Te pido la documentación porque sospecho de ti y sospecho de ti por tu raza. El siguiente paso sería pedir sistemáticamente la documentación a los árabes, porque sospechamos que puedan ser terroristas, o a los gitanos, porque sospechamos que puedan estar implicados en el tráfico de drogas.

    Bueno, pues no. Debemos aceptar que estamos en una sociedad multiétnica y multicultural, que ya nunca más español estará ligado a una raza determinada. Cuanto antes lo aceptemos, antes evitaremos el peligro de caer en prácticas y actitudes que, sin ser directamente racistas, favorecen tremendamente la estigmatización del diferente.

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  • 03 Dic 2008

    Repensar Europa

    Durante muchos años, a los europeístas españoles nos sido muy fácil vender Europa como motor de progreso y conquistas sociales. Veníamos de la dictadura, y Europa representaba la democracia. Veníamos del subdesarrollo económico y cultural, y Europa representaba la modernidad. Veníamos del asistencialismo, y Europa representaba el Estado del Bienestar. Por tanto, la Unión Europea se vendía sola, representaba el progreso económico y social.

    Pero las cosas están cambiando. He participado en el Consejo del Partido Socialista Europeo celebrado esta semana en Madrid, y la izquierda europea ya no tiene tan claro que esta Europa, la que tenemos ahora, constituya el progreso que hasta hace unos años representaba. Hoy en día Europa, en muchos países, entre ellos España, puede representar para los trabajadores justo lo contario, es decir, un recorte en derechos sociales respecto a lo que reconoce el Derecho nacional, una vía de escape por donde se diluyan las conquistas de tantos años, como ocurre, por ejemplo, con la famosa Directiva de tiempo de trabajo, que permite jornadas de 65 horas semanales, o con la sentencia Laval y su interpretación del derecho de huelga.

    Por tanto, ahora más que nunca es necesario repensar Europa, y, sobre todo, repensar el modelo social europeo, para hacerlo más fuerte, no para lo contrario. Sólo así conseguiremos enganchar a la opinión pública al sueño europeo, con más integración, más cohesión social. Y todo ello debemos lograrlo mejorando la competitividad de nuestra economía.

    Es una labor que la izquierda ha de hacer en positivo. Debemos presentar propuestas modernas, innovadoras, avanzadas, imaginativas que combinen competitividad con cohesión social. Debemos evitar una posición a la defensiva, antiglobalización, nostálgica de los maravillosos años sesenta y setenta. A la defensiva y reivindicando el pasado no se gana ninguna batalla ideológica. Así que pongámonos a trabajar para ganar el futuro para los derechos y la cohesión social, pero desde la modernidad y la innovación. Las valores, los de siempre, los instrumentos para alcanzar esos valores, siempre a la vanguardia.

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