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  • 26 Nov 2009

    Los derechos de los menores

    Reconozcámoslo: no sabemos qué hacer con los adolescentes. Nos parecen gente extraña, incomprensible, con problemas de comunicación. Siempre con sus cachibaches, sus móviles y sus ordenadores, compartiendo códigos extraños a nosotros. Nos hablan mal, no los entendemos.

    Esta desorientación no es sólo exclusiva de los padres: también afecta al Estado. El Estado tampoco sabe qué hacer con los adolescentes. Nuestra Constitución, en su artículo 12, contempla la mayoría de edad a los 18 años. ¿Qué significa eso? Que sólo a los 18 años los españoles alcanzamos la edad adulta, donde vamos a poder disfrutar del ejercicio pleno de todos nuestros derechos, y asumir en correspondencia plenamente nuestras responsabilidades.

    Pero las personas que tienen menos de 18 años: ¿pueden ejercer sus derechos? Algunos sí, otros no. Y aquí comienza el lío, pues no está nada claro en función de qué criterio se entiende que un menor es suficientemente maduro para ejercer un derecho pero no otro. No hay sistemática, sobre todo en la franja de edad de 16 a 18 años. Se pueden casar, pero sólo si están emancipados, para lo que necesitan la anuencia de sus padres. Pueden trabajar y pagar impuestos, pero no pueden comprar una cerveza. Se pueden operar los pechos sin informar a sus padres (sí, así se desprende de la ley de autonomía del paciente de 2003) pero no pueden firmar un contrato de compraventa de un ciclomotor, por ejemplo. Por cometer un delito grave son castigados con privación de libertad, pero no van a la cárcel.

    Ciertamente, no sabemos qué hacer con ellos. La razón es que estamos en una zona de transición entre la niñez y la vida adulta, entre la inconsciencia y la responsabilidad. El lío es comprensible, pero no es razonable. Debemos simplificar, tomar una decisión sobre una edad y marcar la frontera para todo. Si uno es maduro para trabajar encima de un andamio es ridículo pensar que no se le puede permitir comprar una cerveza porque puede ser peligroso para su integridad física. Si uno no tiene madurez suficiente para pedir un préstramo qué sentido tiene que sí se le permita operarse. Si la sociedad piensa que un chico de 17 años debe pagar con 25 años de prisión un asesinato, como cualquier adulto, cómo podemos pensar a la vez que no es suficientemente responsable de sus actos como para dejarle montar una empresa. Esto hay que unificarlo, quizás reduciendo la mayoría de edad a los 16 años. Yo soy de los que pienso que con la cantidad de información que los chavales acumulan hoy en día con 17 años ya eres adulto. Pero lo que no entiendo es que lo sean para unas cosas y no para otras.

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  • 16 Nov 2009

    Camps

    Confieso que tengo problemas para poder escribir algo pausado y sereno sobre este personaje político, que representa todo lo malo que ha producido la España Autonómica. Un tipo que explota la televisión pública como si fuera propia, un señor que no da la cara, que responde a los periodistas críticos hablando del tiempo, un enajenado que considera que meterse con él es un asesinato.

    La España de las Autonomías ha creado una serie de patologías, en él se centran todas. El localismo victimista, que imputa todo lo malo al enemigo exterior, representado en el pérfido Gobierno central o en otras Comunidades Autónomas, a las que se trata mejor que a la nuestra. Maravillosa coartada para nunca responder de nada: que el paro es del 22%, 4 puntos superior a la media nacional, la culpa de Zapatero, que no pongo dinero en la educación pública para gastármelo en Fórmula 1, la culpa de Zapatero, que no me da dinero, que me pillan favoreciendo que unos chorizos saqueen la Generalitat valenciana, la culpa de Zapatero, que va a por mí, es decir, a por todos los valencianos, porque nos odia.

    La manipulación constante de los medios de comunicación locales, a los que se extorsiona, se compra, con el resultante de una sociedad narcotizada contra la corrupción, la falta de escrúpulos, la impunidad institucional (léase el episodio del senador socialista que llevan bloqueando 8 meses).

    Es una política tan burda, tan intelectualmente insostenible, y digamos toda la verdad, tan eficaz en una sociedad dominada por el acomplejamiento y el silencio del disidente, que da miedo. A mí Camps me da miedo, como demócrata. No me da risa, como a otra gente de fuera de Valencia, que lo vive como el personaje principal de un sainete tronchante, con sus trajes, su “te quiero un huevo” y su “amiguito del alma”. A mí me asusta que alguien de su catadura esté gobernando mi tierra. Y que el tenebroso ejemplo de Fabra nos haga presumir que pueda seguir haciéndolo durante un tiempo.

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  • 06 Nov 2009

    Gobernar

    Estar en el Gobierno es la aspiración de todo político, y si es el Gobierno de España más aún. El poder desgasta, pero lo que desgasta realmente es la oposición. Ejemplos como el del PSPV, o el PP a nivel nacional (vaya sainete¡¡) son ejemplos perfectos de partidos con problemas por estar mucho tiempo en la oposición. Pero gobernar, a veces, es un infierno, y creo que estos meses son un buen ejemplo. Resulta que toca gobernar en el mismo momento en que millones de españoles se van al paro. Si el Gobierno gasta dinero para mantener mínimamente la situación, en desempleo, Plan E, ayudas a empresas, es un despilfarrador; si no gastara, para mantener el déficit público en cotas razonables, sería un Gobierno pasivo que no reacciona y se despreocupa del destino de la gente. Si impulsa medidas para favorecer un nuevo modelo productivo a medio plazo, sólo tiene planes e ideas en la cabeza, si impulsa medidas inmediatas, se precipita e improvisa.  

    Encima, unos piratas secuestran un barco en el Indico y el juez Garzón reclama que vengan a España dos de ellos. Los piratas amenazan de muerte a los pescadores. Si forzamos el EStado de Derecho y liberamos a los piratas y pagamos el rescate, el Gobierno se habrá rendido ante unos piratas. Si ataca el barco para buscar una liberación por la fuerza, los piratas matan a los marineros y el Gobierno ha provocado una masacre.

    Hay veces que gobernar es bonito, pues inauguras trenes, ayudas a la gente, impulsas avances. Otras veces, tanto los que están en Moncloa como los que participamos del proyecto político que apoya al Gobierno, preferiríamos estar en otro pellejo. Pero como no puede ser, habrá que arremangarse y tomar decisiones, y aguantar las críticas. Dolernos del golpe y seguir luchando. ¿No es eso gobernar? Pues sí, y desde luego es mucho mejor que estar en la oposición. ¡Qué vida la del político¡

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